Lpgc, 14 de enero de 2017

Acabo de entrar en otro mundo, la música suena, huele a ron, limón y menta, y todo deja de importar, y vuelvo a ser feliz y sé que lo seré durante unas horas, sin importar qué o quién aparezca. Mire a dónde mire veo caras conocidas, amigos con distintos intereses y gustos aún más dispares, pero con un enorme amor por la música que allí sonaba, por el aire que allí se respiraba. Sonreí, ese era mi mundo, me hacía viajar hasta lo más sublime, sin duda alguna lo era, ese era mí mundo.

Recorrí el lugar buscando a mis amigos, ahí estaban, ocupando el reservado de siempre, convertidos en un grupo bullicioso que intentaba ahogar la música para poder ponernos al día de nuestras hazañas y desventuras de la semana que estaba a punto de terminar. Este ritual duraba siempre media hora, lo que tardábamos en chismorrear los acontecimientos dignos de contar y nos tomábamos la primera copa. Comenzamos a ir hacia la pista zambullendonos cada vez más en la música mientras dejábamos de hablar.

Alguien me agarró por la cintura. No reconozco sus manos en mi piel, pero espero que sea uno de mis amigos, me hizo girar, me acercó a él arrastrándome hacia la pista, y empezamos a bailar. Quise decir algo, decirle que no le conocía, que no quería bailar con él, pero no podía pronunciar palabra, sólo podía mirar a sus ojos oscuros y profundos, en los que me sentía a salvo. En sus ojos no lo sentía extraño, y no, no quería decirle que parara, sólo quería que me apretara contra su cuerpo para refugiarme entre sus brazos, que sentía fuertes y cálidos.

La música no dejaba de sonar, con cada movimiento nos sumergimos más y más en un mundo sólo para nosotros, hasta que supimos que estábamos solos. Ya no veíamos, ni oíamos a nadie a nuestro alrededor, ni escuchamos la música de la pista. Ahora, nosotros éramos la música, todo se desvanecía a nuestro alrededor y sólo existíamos nosotros. Seguíamos bailando porque ahora la música estaba dentro de nosotros, una música que nos embriagaba y nos envolvía en nuestras miradas que no dejaban de cruzarse ni por un solo instante.

Continuábamos bailando, sentíamos nuestros cuerpos temblar, estábamos en éxtasis, y éramos sólo dos que poco a poco empezábamos a ser uno. Ya no era capaz de distinguir dónde empezaba yo y dónde él, mi cuerpo se agitaba, se estremecía y se humedecía con cada paso que me acercaba a él. Estaba empezando a perder el control, y continuábamos bailando. A estas alturas ya no sabía que música sonaba en la pista, ni siquiera sabía si la pista seguía ahí. Todo se había desvanecido excepto él.

Ya sólo estaba él, con su cuerpo caliente y musculado como mi único mundo en este enorme universo. Ya ni siquiera me importaba no conocerlo porque ya lo conocía. No me preocupaba dónde me llevara porque ya estaba viajando con él a su mundo. No me asustaba entregarme porque ya le pertenecía. Y fue en ese momento cuando comenzó todo.

Y nunca supe cuando todo acabó, porque ni siquiera sé si algún día acabará…

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